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¿Quiénes contraen la fiebre del
valle?
Se estima que en los Estados Unidos más de 4 millones de personas viven en lugares donde el hongo de la fiebre del valle es prevalente o endémico en la tierra. Cerca del 80% de estas personas viven en el sur de Arizona que incluye las áreas metropolitanas de Phoenix y de Tucson. La reacción positiva a pruebas de la piel de los habitantes de Phoenix, Arizona y de Bakersfield, California ha sido del 30% a 40%, lo que indica que casi la tercera parte de la población a la que se le ha aplicado tal prueba ha tenido fiebre del valle. Entre quienes nunca han tenido fiebre del valle, la posibilidad de infección es de cerca del 3% por año, pero quienes han vivido mucho tiempo en regiones endémicas, tienen mayor riesgo. En el suroeste de los Estados Unidos se presentan aproximademente 100,000 nuevos casos de infección anualmente.
El riesgo de exponerse a la enfermedad y de contraerla aumenta entre quienes trabajan en construcción, agricultura, arqueología y otras labores en las que se agite la tierra del desierto. Las esporas del hongo Coccidioides immitis se encuentran en abundancia en la tierra en los alrededores de madrigueras de roedores, ruinas indígenas y cementerios. En estos sitios es probable que la infección sea más grave debido a la exposición más intensa a una gran cantidad de esporas. Sin embargo, la infección afecta a muchas personas que no tienen riesgos ocupacionales. La exposición a vendavales o a la tierra recientemente agitada puede aumentar el riesgo de infección.
Durante ciertas estaciones del año hay más probabilidades de que ocurra la fiebre del valle. En Arizona la infección es preponderante desde principios de junio hasta fines de julio y desde octubre hasta noviembre. En California, el riesgo de infección es más alto de junio a noviembre sin pausa al final del verano.
Muchos animales domésticos u originarios de la región son propensos a la enfermedad. Entre éstos, los perros, los caballos, el ganado, las ovejas, los burros, los coyotes, los roedores, los murciélagos y las serpientes. Los perros son especialmente propensos y con frecuencia requieren terapia a largo plazo con medicamentos
antifúngicos.

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